"Ilustrar el tema", era una de las actividades domiciliarias en el colegio, y yo la resolvía pegando láminas. Siempre fui práctica. Y por esas razones inevitables donde tocaba dibujar, simplemente copiaba los patrones de dibujo de mis compañeras.
Hasta que ya un poco grande, 8 años debió de ser, cuando un amigo de mi madre trajo para mí unos colores y un sketch book. "Dibújame", me dijo, y yo extrañada, pero sin titubear, comencé a dibujar.
No pude entender, pero lograba ver las líneas y formas en su rostro y sencillo se me hizo el replicarlas en la hoja. No tomó mucho tiempo para tener el retrato listo.
Mi mamá se sorprendió. "Debes tener el mismo talento de tu padre". Podría ser, aunque él era buenísimo para las caricaturas, pero yo para copiar lo existente, hasta ese momento, era lo que había descubierto.
Así comencé a dibujar los espacios, los objetos que me rodeaban, la luz, mis manos. Me encantaba dibujar mis manos. Mis compañeros. Los ojos...
Así fue como el dibujo llegó a mi vida, como una revelación tan fácil que siempre sentí que era un don. Tuvo que ser un don.
Y un don, si no lo usas, es quitado.
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